Friday, May 5, 2017

Letters in Books: Las cartas de Eros

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En un artículo se hacía un comentario sobre el libro Las Cartas de Eros, de Enrique Lihn que incluimos en su integridad a continuación:



A comienzos de los ’80, Enrique Lihn escribió una serie de cartas a mujeres imaginarias, de papel, pero no necesariamente inventadas: Ariel, Consuelo, Teresa, Adelina, Beatriz y Gabriela, que hace referencia directamente a la Mistral (“Eres otra especie de fantasma: una palabra amada”). En ellas, Lihn va reconstruyendo aspectos biográficos, su intrincada relación con las mujeres, sus matrimonios fallidos y su dificultad para llevar una vida doméstica estable. Las pensaba incluir en un libro, que bautizó como Las Cartas de Eros, que quedó inconcluso tras su muerte. Hasta ahora inéditas, Ediciones Overol con el impulso de Andrea Lihn -la hija del poeta- las sacó a la luz en una muy cuidada edición, de la que aquí presentamos íntegramente la misiva dedicada a Ariel. 

No siempre se entiende o se quiere entender cuando una relación empieza a declinar, aunque se trate de un fenómeno irreversible. Eso ocurre siempre unilateralmente. Es uno de los miembros de la pareja el que la cancela, pero las señales que emite, de terminación, son doblemente ambiguas; teme darlas, en primer lugar, y luego el afectado se resiste a recibirlas conscientemente aunque las percibe, desde una nebulosa, con claridad. El sueño puede registrarlas, con esa capacidad hiperrealista que tiene de hacerlo y es terrible, en este punto, la convergencia del sueño con lo real. Antes de despertar o mientras despertábamos, soñé, ensoñé, Ariel, que volvíamos de una fiesta, como lo habíamos hecho esa noche, en una micro destartalada que, a partir de cierto tramo, cambió de trayecto de lo desconocido a lo desconocido, recalando en un sórdido barrio que recordaba el del cementerio. Como en la comida, no nos habíamos sentado juntos. Tú habías conseguido un asiento trasero junto a Miguel, de quien te mostrabas interesada y retribuida en ese interés, y alguna de tus amigas, que han cumplido la función, creo, de interponerse entre nosotros. Yo miraba, angustiado, con el rabillo del ojo, hacia atrás; había conseguido ubicarme en un asiento delantero, la mitad del cual se había desocupado ya, pero tú no estabas interesada en reunirte conmigo. Cuando no hubo más remedio que comprendiéramos el error del chofer y que nos bajáramos todos, lo hice por la puerta delantera de la micro a ver si me seguías, y tú por detrás acompañada de tus amistades. Había mucha gente en el paradero imprevisto; te perdí de vista. Empecé a buscarte con rabia y angustia. Uno de los que viajaban con nosotros, mi amigo Ernesto, que lo hacía solo, me confundió el paso procurando entablar conmigo un diálogo desatinado, que le interesaba a él exclusivamente, pues estaba ansioso de compañía, aunque fuera la mía. Me desprendí de él casi de mala manera cuando te divisé al fin, frente a una tienda de flores. Yo no quería creer —pero lo sabía muy bien— que tu deseo era desprenderte de mí, sin una palabra de despedida. Mi despecho se hizo espantoso. Me puse a tu lado, te pedí, confusamente, explicaciones (¿de qué?), llegué a pellizcarte un brazo con cierta violencia. Entonces me enfrentaste con frialdad. Un día de estos te voy a dar unos pasaportes —fue la palabra—, así sepas cómo debemos entendernos para que estas cosas no ocurran. Un código —pensé— de encuentros y desencuentros, tu liberación femenina. El sofoco me despertó; también los ruidos casi imperceptibles que hacías al calzarte y vestirte, porque esa noche habíamos dormido en mi cama. Y habías anunciado que te irías temprano, fuera de Santiago, a la casa de tus padres. El sueño y la realidad se ajustaron como los engranajes de un reloj. La misma angustia. Decidí hacerme el dormido, sabiendo que no soportaría el hecho de que no hicieras un gesto, que no llegaras a tocarme, y dejar —al irte— una hojita que lamentara tu partida, concertara un nuevo encuentro a la brevedad, diera el recado de tu cariño. No estabas en la habitación, te ibas, pero cuando la ansiedad terminó con la simulación, cuando supiste que estaba despierto volviste al lugar, te tendiste a mi lado por unos segundos con una cara de confusión y sólo me dijiste me voy, sigue durmiendo. Como si nada. Era algo, seguramente lo sabías, que yo no podría hacer. Y te fuiste, enseguida, sin más. Me levanté menos abrumado por la falta de sueño que por la adecuación entre el sueño que había tenido y esta nueva separación que me dejaba frente al sábado y el domingo, en la inopia de la soledad, en la humillación de los celos, en la necesidad de acudir para llenar esos vacíos a otras mujeres que como tú no me aman pero que ya no lo simulan. Recapitulé morosamente, morbosamente sobre todo lo que me habías dicho y no me habías dicho horas antes, antes durante y después de la fiesta a la que habíamos ido juntos, y en mi casa mientras hacíamos yo el amor locuaz y tú el silencioso, sin compromiso ninguno con la palabra y desde ese punto de vista gélido. Las cosas habían cambiado negativamente otra vez para mí. Tu viaje que anunciaste a una tercera persona, en la comida, aceptable en otra situación, no en la que estábamos, de alejamiento de tu parte, era un desafío a mi declarado deseo de que pasáramos alguna vez juntos un fin de semana. Cuando me levanté, apenas partiste de mi casa, me paseé por ella “como león enjaulado”. Me asomé a la ventana sabiendo que no te vería irte, repitiéndome que mi relación contigo había llegado al punto en que se debe hablar de un amor no correspondido. La mecánica de las relaciones erótico-sentimentales lleva ineluctablemente a esta situación: uno ama, el otro es amado; desequilibrio intrínseco que nunca se somete a la ley de la transformación en lo contrario. El equilibrio de las atracciones es imposible. Eros —el maestro del sufrimiento— lo rechaza, porque ese equilibrio destruiría sus lecciones intrínsecamente sadomasoquistas, el maricón. Me he puesto entonces a lamentar el pasado de otras relaciones invertidas respecto de ésta en las que yo jugaba el papel del indiferente y la otra se resignaba a vivir sin que se le retribuyeran sus atenciones, su cariño, sólo a medias. Para un moralista sería justo que con la vara con que mide sea medido y quien a hierro mata a hierro muere, pero no creo en la justicia inmanente sino en una caótica lotería en la que se reciben al azar premios o castigos. La vida no tiene el sentido que quisiéramos darle. Es absurda per se. Me he puesto a pensar en las muchas cosas por las cuales los papeles se invirtieron: la edad, la falta de táctica, una debilidad de mi parte por sobrellevar solo el discurso amoroso, exagerando o crispándolo, en lugar de esperar la respuesta y afiatarse a ella: pasando y pasando. He vuelto también a eliminar entre tú y yo las terceras personas que te inquietaban. El resultado es éste, tu ausentamiento de ahora, culposo de tu parte, lo has planeado a conciencia de que defraudabas mi esperanza de tenerte conmigo. Quizá para eso y afirmar así tu autonomía, tal vez como una advertencia de que yo debo desistir, en forma civilizada, sin dar ni recibir explicaciones. Porque no las hay.

Y bueno, esta manera de organizar en el papel mi conciencia de lo que ocurre, puede ser una manera de rechazarla. Un exorcismo. ¿Qué puedo hacer entretanto? Sabes que le tengo horror a los sábados y domingos, días de autocompasión en que se me patentiza mi fracaso como “ser humano”: ni mujer ni casa ni constancia en los lazos familiares, ni hijos que haya podido asociar en el afecto y la confianza mutua a mis horas libres que son excesivas, aunque parezca feo decirlo, mientras tantos otros están entrampados por sueldos de hambre en la máquina del tiempo. Pero es así. Las personas que me quisieron no fueron correspondidas en la misma moneda. Sólo quedas tú como deudora morosa —si pudiera hablarse de deudas, en lo que toca al trueque de los sentimientos. Resignarse a la aceptación de unos hechos —esas señales ambiguas de desamor— sin ambigüedad, sería mi única actitud razonable. ¿Podré tomarla?

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